viernes, agosto 07, 2009
Carburando en sueños
miércoles, junio 10, 2009
motocicletas, vacaciones, otoño
martes, mayo 20, 2008
Ganas de bloggear
Se supone que volvía a escribir "mis cositas" acá cuando estuviera instalada en alguna oficina y con PC propia. (Qué chanta, no?) Instalada estoy pero en la Biblioteca las compus se comparten. Máquinas tenemos casi de sobra, pero no podemos conectarlas a la red. Te digo más: ni siquiera podemos enchufarlas porque parece que explota todo. Ya nos amenazaron los de informática; ya nos anoticiaron de que el nuevo cableado vendrá "pronto", que hay que esperar a que salga la licitación. Preguntale. Igual yo, muda. Porque a mí a la Biblioteca me une el amor y el espanto; algo así como una aberración en la que me siento profundamente reflejada. Tanto, que uno de los motivos por los que había dejado de escribir fue que en un punto este blog se había convertido en un diario de las cosas que pasaban en la BN, y me empezó a joder un poco.
Otra de las razones fue que empecé a autocensurarme bastante: que esto no lo pongo porque fulano qué va a pensar, que borro el último post porque me puede traer problemas. Ahora, no es que haya tomado la decisión de fluir al natu, sino que más bien fue ella la que me tomó a mí, como quien no quiere la cosa, sin bombos ni alharacas. Quizás fueron todas las sorpresas del año pasado y las de éste... Ni idea. La única certeza es el impulso repetido de volver. Así que aquí estamos.
jueves, septiembre 20, 2007
Aclaración para los seguidores*
Malala pregunta por qué no postear todo en el Blog y ya. Es que son universos muy distintos, querida M, muy distintos...
*Entre los que porsupuesto no faltan enemigos.
miércoles, septiembre 05, 2007
Oficina con vista al mar
martes, septiembre 04, 2007
En el día de la fecha
2. En el colectivo mandaste mil y un mensajes de texto que tenías pendientes.
3. Hiciste un berrinche en la BN porque señores estás harta de ser paria.
b) comer en el subte ya no da.
b) durante esta última hora te viene saliendo bastante bien la actitud garombol.
martes, agosto 07, 2007
Misión imposible
viernes, abril 06, 2007
Si pudiera escribir como si fuera otra, una que no mencione nunca el nombre verdadero de los demás. Hay que ver si me sale construirme sin estar todo el tiempo remitiendo a los otros; hay que ver si consigo sentirme bien así. Quizás me resulta imprescindible referirme a él, a ella; decir a como dé lugar mi ésta, tu aquel.
Pasé todo el domingo viendo películas de las que hacen llorar y después una sobredosis de La República Perdida. Y el lunes, para rematarla, todos los documentales de Malvinas que encontré. Increíblemente, lo que necesitaba, ni más ni menos, era una buena cachetada de la real realidad.
miércoles, febrero 14, 2007
El problema
La solución –me digo mientras cierro herméticamente la pieza y busco los tapones para los oídos y el antifaz para que no entre ni el más mínimo rayo de luz porque estoy fóbica A TODO–, es ir más al gimnasio. Sí, sí: más días, más horas, más clases, más peso en las barras, más cansancio y más endorfinas. Eso.
...otra opción sería empezar terapia. Lo que pasa es que el trabajo de autoconvencimiento para encarar la cuestión (¡joder!, ¡otra cosa distinta!) me va a llevar un buen tiempo. Porque claro, arrimarse a la salida, en este caso, es ya salir del problema. Y yo, en un punto, estoy demasiado enamorada del problema.
martes, febrero 13, 2007
Volver
Me di una vuelta por acá esta mañana desde el trabajo. Desperté con ganas de dejar alguna huella, pero Blogger me increpó exigiendo cambios y mudanzas para los que no estaba ni por las tapas preparada. Vengo tan poco por estos rumbos que ya no recordaba ni la contraseña.
Quizás más tarde cuente alguna cosa de cierto cumple al que fui el sábado: el cheesecake de Laurita, lo ensimismado que estaba Oculto o cómo me hacer reír Margulis cada vez que lo veo.
miércoles, noviembre 15, 2006
Mucho más mosquito que dragón
Si no escribo es porque la vida me pasa el trapo, mal. No es que me pasen cosas peores que las que les pasan a los demás, no es tampoco que esté más ocupada, con problemas más serios. Más bien todo lo contrario. Tengo, en el mejor de los casos, los mismos obstáculos mediocres que el resto del mundo. Pero no sé enfrentarlos. En esto tampoco soy original: son pocos los que pueden organizarse, los que toman el chupetín por el palito, los que hacen lo que les conviene en serio, lo que verdaderamente quieren hacer.
Por eso no es escribo. Podría decir que es porque no tengo tiempo pero mentiría. Siempre hay tiempo para perder. La cuestión es que ese tiempo, precisamente, es por definición aquello de lo que no se dispone. Si pudiera decidir en qué perder o malgastar mi tiempo, entonces no lo estaría perdiendo, lo estaría usando mal o bien. En esa pérdida hay una fuerza que trabaja en determina dirección, pero no es la de la voluntad consciente, sino que opera la desapropiación.
No es que yo no reflexione sobre estas cosas. Lo hago casi todo el día. Lo que no puedo es encontrar el momento de sentarme a escribirlas, articular las estupideces que pienso en un post concreto. Por eso no publico. Hay que pensar en estas cuestiones. La gente lo hace sin descanso en sus blogs. Allí se les reprocha que sólo se ocupan de sí mismos. Se les reprocha el haber creado un espacio narcisista, completamente dedicado al despliegue de su propia y desbordada subjetividad. Las opciones que se ofrecen a la primer mirada, las que se dan de inmediato en cualquier fugaz recorrida por la red, parecen ser dos: el blog de crítica, serio y comprometido, o la práctica onanista del diario íntimo, donde los blogers “cuentan sus cositas”.
Yo me pregunto si lo insignificante no es en definitiva todo lo que existe. Quiero decir que siempre hay algo muy chiquito debajo de cada gran medalla. ¿Cuándo las grandes cosas, los temas importantes, dejan de ser las miserias egoístas de cada cual? Ya sé, ya sé, Auschwitz, las guerras, los desaparecidos y tres páginas de etcéteras. Pero dónde, que alguien me diga dónde, los que se preocupan por eso dejan de preocuparse por su propio sufrimiento, por sus propios derechos, por su propio dolor. Con esto no le estoy restando relevancia a nada. Nadie puede juzgar el dolor de los demás, ni mucho menos descalificarlo, sea del tipo que sea. Lo que me intriga es: ¿nos ponemos a lidiar con estas problemáticas porque queremos ser mejores para quién?
El otro día, en clase, se dijo que para nosotros mismos. Que Nietzsche, por ejemplo, hace una crítica de la hominización (proceso progresivo de diferenciación del animal, entre otras menudencias) porque lo que en última instancia le interesa es el devenir del hombre. No sé. Si bien es cierto que salvo Yuri y Dmitri, los animales no se entretienen mucho leyendo al amigo Federico, no es menos cierto que Zarathustra fracasa en su intento de encontrar discípulos humanos. Al final, sólo quedan la bandada de pájaros y el león riente. ¿Hay que reconducir esas figuras, de nuevo, hacia el ámbito del sujeto por más agiornado que se lo plantee? ¿Hay que hacer una lectura simbólica de las bestias del Zarathustra? ¿Hay que pensar así al superhombre?
Me dicen que yo no entiendo. Que la subjetividad es abierta, y que en tanto tal ya contiene a lo otro, a lo diferente. Por supuesto: estamos atravesados por múltiples fuerzas y somos el afuera. Pero no estamos atravesados por todas las fuerzas. Hay algo más. El problema de la animalidad en el hombre no es lo mismo que el problema del animal. No es lo mismo, chicos, por favor.
Y claro, peleamos. Pero yo no tengo ni mucha voz ni mucho voto en ese lugar. Y vengo perdiendo poder retórico. Entonces me fastidio y me callo, indignada. Veo en esa posición una vuelta a lo mismo que me convulsiona, veo el peligro de la total homologación. Se supone que estoy tratando de pensar de qué modo me involucran estas cuestiones, que intento pensar lo otro como otro de verdad. ¿Pero por qué? Si quiero ser mejor (que el Hombre sea mejor) no es también por egoísmo? ¿El altruismo no es acaso un egoísmo enmascarado?
No sé. Llena la blogósfera de gente que denuncia a kosiuko pero sigue calzando nikes hechas con piel de feto sacado de embarazada asesinada para tal fin; llenos los seminarios de gente que, como nosotros, se dedica a la alteridad desde una perspectiva ética, pero que en cuanto te das vuelta te clava un puñal.
Cuando yo me quejo E me dice que así es el mundo. Somos seres violentos. Así hemos sido desde siempre. Nos gusta la violencia. Equis. A veces me pongo a despotricar porque los niños son crueles con los animales. En Adrogué, por ejemplo, los varones trabajan mucho la gomera. Tengo un primo que de chico se entretenía sacándole los ojos a los gorriones. Si me habré agarrado a las piñas con Marcelo… Me acuerdo y me dan ganas de llorar. Los padres lo observaban hacer, impasibles. Qué hijos de re mil puta. E insiste con que en un punto está bien, que es parte de nuestra naturaleza, de nuestra particular animalidad. Yo me quejo, me fastidio, me enojo, dejo de discutir, me indigno, me callo …pero soy igual a los demás. El jueves pasado, en el susodicho seminario, volaron puñales gratuitos. Éramos cuatro o cinco cuando la agresividad se desató con brutal evidencia ante nuestras caras, sin que ninguno dijera ni mu. La triste realidad es que yo, (¡ay!), cómo lo disfruté. No hay argumentos para pelear contra todo esto.
martes, noviembre 14, 2006
lunes, septiembre 25, 2006
La virtud que hace regalos
martes, septiembre 19, 2006
Consideraciones acerca de lo trágico
Ariel interpreta mi post sobre el llanto como una propuesta. “Tal vez haga un intento –me dice-, y me dedique a ver el costado trágico de todo y me redima por todos estos años de sequía”.
Ese es mi discurso combate-maricones (¡salud, Juan Quintero!). Los maricones son los que no pueden dejar de comprometerse con los vasos medio vacíos, los que se aferran al sufrimiento, indiferentes a la belleza que también existe y nos rodea. Sin embargo, a pesar de esta diatriba antiderrotismo, sé que algunas veces lo trágico te asalta de pronto. Te agarra distraído, vulnerable, y te toma. Cuantas veces una noticia inesperada y triste o el espectáculo de la realidad más cruda te saca por completo de quicio. Lo trágico te ubica en otra parte, desde donde la perspectiva es muy distinta, y comenzás a ver dolor por todos lados. Como si te dieran la punta de un ovillo del que te resultara imposible no tirar, desenvolviendo de a poco todas las miserias de la vida en tu cabeza. Las verdaderas miserias, no las miserias medio pelo, como las mías, que son las de los cobardes. Subís al subte y te concentrás, una a una, en las caras de la gente sentada enfrente: él sufre, ella no es feliz, él no soporta su vida, ella sufre, ella está alienda, ella odeada, él sufre.
Probablemente esta visión trágica no sea más que el efecto de un tropiezo de la propia sensiblidad, que pega como la merca o el alcohol (quizás por eso los merqueros se ponen solemnes y los borrachos quiebran). Por lo general creo, quiero suponer, que se pueden hacer muchas cosas. Cosas lindas, cosas que generen felicidad, géiseres de energía blanca. Pero en ciertos casos, antes de arremangarme necesito putear, y un rato largo de llanto.
jueves, septiembre 14, 2006
Master
Cobrar poco pero trabajar con amigos, sigue siendo negocio.
Ratearte con el jefe un día de sol, no tiene precio.
*Que conste en actas que estábamos varados sin nada que hacer. Te quiero, V. Mejorate pronto!
miércoles, septiembre 13, 2006
Date vuelta llorando
Las minit somos todas un poco mariconas. Lágrima fácil, y nos encanta. Poneme un capítulo de
El plan que quería repetir no era ese, por supuesto, si no el de la descarga violenta. Alquilar E.T. y llorar las tres horas seguidas sin parar. Llorar hasta llegar al otro lado del llanto.
jueves, agosto 31, 2006
martes, agosto 08, 2006
Retroceder nunca; imponerse, jamás
De adolescente me rateaba con mis compañeros para ir a los videos. Cuando se me terminaba la plata podía pasar unas cuantas horas mirando en silencio como jugaban los demás. Mi favorito fue siempre el Tetris. Tuve otros vicios como el Arkanoid o el Sokobane e incluso el Buscaminas, pero mi verdadera perdición fue siempre el Tetris. Soy de esas que no pueden controlarse y tienen que cortar por lo sano y desinstalar el juego de
jueves, agosto 03, 2006
Las peras del olmo y los peros del alma
Me encantaría que los ciclos de mi vida fueran como capítulos largos con unidad temática bien definida. Pero pasan siempre demasiadas cosas, demasiado enmarañadas las unas con las otras, como para poder separarlas del resto y darles título.Un día, después de una pelea, Rodrigo me juró que valoraba mis esfuerzos. Prometió ser él también más compañero conmigo y ayudarme en la empresa colosal que representaba para mí the blue room, el lugar de la casa en el que solía pasar la mayor parte de mi tiempo. Me emocionó ese reconocimiento repentino, esa buena voluntad que tantos empujones da en momentos de crisis. Y por esa excepción confirmé mi amor, compartida devoción por las causas perdidas. Obviamente, para cuando llegó la hora del trabajo R se había olvidado por completo de la promesa, a tal punto, que se enojó cuando se la recordé, creyendo que le mentía. “Era previsible –pensé. –No se le pueden pedir peras al olmo” ...aunque sería maravilloso que fuera posible esperarlas del peral.
Enfrenté el infierno de la rasqueteada durante uno de los tantos períodos de separación. Escribía frases de Wilde sobre el reboque descascarado e invitaba a los demás a que hicieran lo mismo. Puse “una marioneta fue melancolía” y Jose anotó el horario de Almorzando con crayón naranja. Saqué todos los muebles, los libros -que me parecieron infinitos- mudé la pc a la pieza, desacomodé totalmente el equilibrio de mi precario ecosistema, y después me di por vencida.
Nos reconciliamos y nos fuimos de vacaciones al Sur. Esas vacaciones –no recuerdo ningunas peores– nos convencieron de que la distancia era lo mejor que podía pasarnos. Viéndome paralizada y triste, mi mamá me ofreció contratar a un albañil para que se encargara de lo básico. Entonces llevé a mi habitación más cosas (las del living que corrían riesgo de arruinarse con el polvo, como el equipo de música y la tele) y me pasé los dos meses siguientes encerrada con Juan Ignacio. Él estudiaba acostado en la cama y yo, a su lado, redactaba delirios sobre Dorian Gray.
Los dos aprobamos y el albañil terminó cerecita y revoque. Se suponía que del resto me encargaba yo. Pero como soy tan utilísima, antes de pintar desarmé las bibliotecas y el escritorio para acondicionarlos. Redoblaba la apuesta y cada vez me hundía más en el nopodermiento. La sola idea de lo que faltaba para terminar me extenuaba, y cuanto más imposible me parecía enfrentarla, más complicaciones y requisitos le adicionaba. Y ahí nomás te sacaba también los marcos de las ventanas para lookearlos con una técnica de mil pasos que por una décima de segundo se me revelaba insuperable.
