martes, enero 31, 2006

Capítulos atrasados


1. Mar del Sur

Después de unos cuantos kilómetros de polvorienta ruta de tierra, en plena oscuridad, con unas estrellas increibilísimas, la decepción. Equis. La costa argentina no es gran cosa, no. ¿Por qué lo recordaba tan lindo, tan poético? Quizás porque tenía 21 y me había enamorado por primera vez de verdad verdadera. (Antes me enamoraba pero para adentro, cual semisha. Lo de Lanata y etcéteras obviamente no cuenta.) Pero ahora soy mucho más fóbica. Me molestaba que haya una casa de videítos, aunque por supuesto que jugué mis buenas fichas al tetris; me molestaba que todo fuera tan kitch tan flores de plástico, estética patáda en el hígado.

La hostería, de mediocre pa’abajo y nuestro cuarto, un pañuelito de Barbie. El gran problema de reservar y señar desde Baires. Me digo: calladita, porque todo lo elegiste vos ¿eh?. Pero igual no me aguanto: pucheros y quejas, qué estúpida soy.

Los días, algunos mejores que otros, pero ninguno de esos que te morís por zambullirte. Un viento soverbio casi siempre, haciendo que la arena seca te latiguee todo el cuerpo. El agua, helada; el mar siempre encrespado, con bronca, y verde. Las playas en sí son interesantes. De rocas y no de arena. Si Jack fuera a la playa sin duda elegiría esas. Pero lo mejor son las grutas, las cuevas. Me iría a pasar tarde tras tarde adentro de cualquiera. Humedad, oquedad, soledad; yo debo haber sido tritón en otra vida. Tomar allí una pepus fue por lejos el hit de la escapada. Santos cartones lisérgicos, cómo flashee.

Durante la primer caminata me picó un bicho y como me rasqué literalmente a cuatro manos, me traje de souvenir una bruta infección. En Miramar me dieron corticoides pensando que era una reacción alérgica, lo que encubrió el proceso, que seguía su curso subrepticiamente. Ahora estoy con antibióticos y la pierna izquierda hipopotamizada.

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